Durante la época colonial en México, vivía un hombre muy rico, dueño de
muchas tierras en la región de Campeche junto con su hermosa hija, a
la cual cuidaba demasiado porque con su gran belleza enamoraba a
cualquiera que la miraba pasar.
El padre tenía un rencor profundo hacia los piratas, los mismos que
una vez le habían arrebatado a su esposa cuando ambos viajaban en barco.
Un día la hija le confeso a su padre que estaba enamorada de un hombre
el cual decía ser parte de una familia rica en Cuba, claro que el
padre rápidamente se interpuso ante alguna relación que pudiera tener
su hija y prohibió que lo volviera a ver, sin embargo un día el padre
encontró aquel hombre en la recamara de su hija junto a ella, el padre
enfurecido saco su espada y ataco al hombre, quien respondió
rápidamente desenvainando su espada y defendiéndose del padre, después
de una larga batalla el padre de la joven cayó, pero sin antes
descubrir que aquel hombre no era parte de una familia rica, sino que
era un pirata conocido como barbilla. Al ver la muerte de su padre la
joven levanto la espada de su padre y atravesó al pirata con ella,
después de esto la joven decidió donar su fortuna y convertirse en
monja.
viernes, 23 de mayo de 2014
viernes, 16 de mayo de 2014
La leyenda de la carreta de San Pascualito
By Jesús Torija Pineda / 10/14/2010

Haya por los años 1890 o 1900 era muy conocida la leyenda de la carreta de San Pascualito, les contaré mi experiencia con San Pascualito.
Una noche húmeda y cálida como siempre en Chiapas,para ser mas exacto en un pueblito llamado Tehuacan pasando el municipio de Cintalapa, si mal no recuerdo en los meses de marzo o abril, platicando con mi abuela acerca de cuentos y leyendas, y tras tanta insistencia ella se animó a contarme una de las tantas leyendas que sus abuelos le habian contado: la de San Pascualito.
Entusiasmado me senté a escuchar el increible relato que por mucho tiempo habia anhelado, asi pasaron horas de platica y la vez atención que pocas veces le prestaba a mi viejita. Pero llegó la hora de dormir y a pesar del miedo que sentía inconscientemente me hice el valiente para dormir solo en un cuarto de aspecto sombrio, espelusnante y tenebroso.
Cual fue mi sorpresa, en plena madrugada me levanté por un vaso de agua, eran como las 2 de la mañana, aclaro que estaba en un ranchito asi que ya imaginaran el tipo de casa: de madera vieja, rechinidos por doquier, olores raros y bichos por todos lados.
Pero asi trastabillando llegue a mi cama improvisada pegada a la pared que estaba a ras de calle. Al recostarme escuche claramente a lo lejos un ruido, si increible un ruido de una carreta, de una carreta jalada mínimo por un caballo.
Al momento que lo escuche entre en shock, como iba a poder ser real una leyenda que según yo era para espantar niños, cada vez escuchaba mas cerca el rechinido de las llantas de madera en las piedras de la calle, y el andar de la bestia que la halaba.
No podia ni con mi alma, el miedo cubrio todo mi cuerpo, empecé a sudar frio, pero como dicen la curiosidad mato al gato, logré asomarme unos centímetros a la venta para ver que iba en la calle.
Nunca he podido borrar la imagen tan extraña cosa, era una especie de carreta de madera jalada por un caballo, mas bien una silueta de caballo y arriba un sombra profundamente negra que la conducia sosteniendo en su mano derecha una especie de haza puntiaguda.
De inmediato me tire al colchón y me puse a rezar por cualquier cosa nos fuera a ser la de malas y asi me agarro el sueño.
Al otro día le conté a mi abuela y claramente me recordó algo, San Pascualito es la muerte, el se encarga de venir por los que ya estan muertos en vida, aquellos que ya no deben de estar en esta tierra, aquel que lo ve de seguro se lo lleva, se enferma y regresa por él.
Fuente: http://todochiapas.mx/2010/10/la-leyenda-de-la-carreta-de-san-pascualito/
Haya por los años 1890 o 1900 era muy conocida la leyenda de la carreta de San Pascualito, les contaré mi experiencia con San Pascualito.
Una noche húmeda y cálida como siempre en Chiapas,para ser mas exacto en un pueblito llamado Tehuacan pasando el municipio de Cintalapa, si mal no recuerdo en los meses de marzo o abril, platicando con mi abuela acerca de cuentos y leyendas, y tras tanta insistencia ella se animó a contarme una de las tantas leyendas que sus abuelos le habian contado: la de San Pascualito.
Entusiasmado me senté a escuchar el increible relato que por mucho tiempo habia anhelado, asi pasaron horas de platica y la vez atención que pocas veces le prestaba a mi viejita. Pero llegó la hora de dormir y a pesar del miedo que sentía inconscientemente me hice el valiente para dormir solo en un cuarto de aspecto sombrio, espelusnante y tenebroso.
Cual fue mi sorpresa, en plena madrugada me levanté por un vaso de agua, eran como las 2 de la mañana, aclaro que estaba en un ranchito asi que ya imaginaran el tipo de casa: de madera vieja, rechinidos por doquier, olores raros y bichos por todos lados.
Pero asi trastabillando llegue a mi cama improvisada pegada a la pared que estaba a ras de calle. Al recostarme escuche claramente a lo lejos un ruido, si increible un ruido de una carreta, de una carreta jalada mínimo por un caballo.
Al momento que lo escuche entre en shock, como iba a poder ser real una leyenda que según yo era para espantar niños, cada vez escuchaba mas cerca el rechinido de las llantas de madera en las piedras de la calle, y el andar de la bestia que la halaba.
No podia ni con mi alma, el miedo cubrio todo mi cuerpo, empecé a sudar frio, pero como dicen la curiosidad mato al gato, logré asomarme unos centímetros a la venta para ver que iba en la calle.
Nunca he podido borrar la imagen tan extraña cosa, era una especie de carreta de madera jalada por un caballo, mas bien una silueta de caballo y arriba un sombra profundamente negra que la conducia sosteniendo en su mano derecha una especie de haza puntiaguda.
De inmediato me tire al colchón y me puse a rezar por cualquier cosa nos fuera a ser la de malas y asi me agarro el sueño.
Al otro día le conté a mi abuela y claramente me recordó algo, San Pascualito es la muerte, el se encarga de venir por los que ya estan muertos en vida, aquellos que ya no deben de estar en esta tierra, aquel que lo ve de seguro se lo lleva, se enferma y regresa por él.
Fuente: http://todochiapas.mx/2010/10/la-leyenda-de-la-carreta-de-san-pascualito/
viernes, 9 de mayo de 2014
La Esquina del perro
Leyenda de Campeche

En el siglo XVI vivía en Campeche un hombre llamado Tristán, el cual era conocido por su riqueza así como también por ser ateo, algo que en aquella época era algo muy raro, él vivía junto a su esposa y su hija Ofelia, también los acompañaba un perro llamado Márquez.
Un día Tristán se despertó al escuchar los ladridos de Márquez, rápidamente se armó con su escopeta pensando que un ladrón había entrado a su casa y fue en busca de Márquez, cuando llego miro al perro ladrando a una figura que rápidamente se escondió entre los arbustos, Tristán pensó que solo era un perro de algún vecino y regreso a dormir. Al día siguiente volvió a ser despertado por los ladridos de Márquez, pero esta vez también escuchaba los ruidos de otro animal, al ir hacia los ruidos descubrió que Márquez se encontraba defendiendo a su hija de un extraño animal gigantesco el cual estaba cubierto de sangre por las mordidas causadas por Márquez, al ver esto la esposa de Tristán comenzó a rezar, y el animal se fue rápidamente como si los rezos le causaran algún dolor, afortunadamente Ofelia se encontraba bien, pero su fiel perro no soporto las heridas causadas durante la batalla y murió tiempo después.
En agradecimiento don Tristán mando a construir una estatua en la azotea de su casa con la forma de su heroico perro.
En el siglo XVI vivía en Campeche un hombre llamado Tristán, el cual era conocido por su riqueza así como también por ser ateo, algo que en aquella época era algo muy raro, él vivía junto a su esposa y su hija Ofelia, también los acompañaba un perro llamado Márquez.
Un día Tristán se despertó al escuchar los ladridos de Márquez, rápidamente se armó con su escopeta pensando que un ladrón había entrado a su casa y fue en busca de Márquez, cuando llego miro al perro ladrando a una figura que rápidamente se escondió entre los arbustos, Tristán pensó que solo era un perro de algún vecino y regreso a dormir. Al día siguiente volvió a ser despertado por los ladridos de Márquez, pero esta vez también escuchaba los ruidos de otro animal, al ir hacia los ruidos descubrió que Márquez se encontraba defendiendo a su hija de un extraño animal gigantesco el cual estaba cubierto de sangre por las mordidas causadas por Márquez, al ver esto la esposa de Tristán comenzó a rezar, y el animal se fue rápidamente como si los rezos le causaran algún dolor, afortunadamente Ofelia se encontraba bien, pero su fiel perro no soporto las heridas causadas durante la batalla y murió tiempo después.
En agradecimiento don Tristán mando a construir una estatua en la azotea de su casa con la forma de su heroico perro.
viernes, 2 de mayo de 2014
Un Conejo en la Luna (Leyenda Maya)
Por: Nadia Boyko
Una antigua leyenda maya intenta explicar el porqué
de esa forma animal que se adivina de noche si miramos hacia el astro
nocturno. Las sombras de los cráteres en la escarpada superficie lunar,
según los precolombinos, simulan un conejo en movimiento, saltando.
La vieja leyenda dice:
Quetzalcóatl, el dios grande y bueno, se fue a viajar
una vez por el mundo en figura de hombre. Como había caminado todo un
día, a la caída de la tarde se sintió fatigado y con hambre. Pero
todavía siguió caminando, hasta que las estrellas comenzaron a brillar y
la luna se asomó a la ventana de los cielos. Entonces se sentó a la
orilla del camino, y estaba allí descansando, cuando vio a un conejito
que había salido a cenar.
-¿Qué estás comiendo?, -le preguntó.
-Estoy comiendo zacate. ¿Quieres un poco?
-Gracias, pero yo no como zacate.
-¿Qué vas a hacer entonces?
-Morirme tal vez de hambre y sed.
El conejito se acercó a Quetzalcóatl y le dijo:
-Mira, yo no soy más que un conejito, pero si tienes hambre, cómeme, estoy aquí.
Entonces el dios acarició al conejito y le dijo:
- Tú no serás más que un conejito, pero todo el mundo, para siempre, se ha de acordar de ti.
Y lo levantó alto, muy alto, hasta la luna, donde quedó estampada la figura del conejo. Después el dios lo bajó a la tierra y le dijo:
-Ahí tienes tu retrato en luz, para todos los hombres y para todos los tiempos.

-Estoy comiendo zacate. ¿Quieres un poco?
-Gracias, pero yo no como zacate.
-¿Qué vas a hacer entonces?
-Morirme tal vez de hambre y sed.
El conejito se acercó a Quetzalcóatl y le dijo:
-Mira, yo no soy más que un conejito, pero si tienes hambre, cómeme, estoy aquí.
Entonces el dios acarició al conejito y le dijo:
- Tú no serás más que un conejito, pero todo el mundo, para siempre, se ha de acordar de ti.
Y lo levantó alto, muy alto, hasta la luna, donde quedó estampada la figura del conejo. Después el dios lo bajó a la tierra y le dijo:
-Ahí tienes tu retrato en luz, para todos los hombres y para todos los tiempos.
La mancha oscura que forma su cabeza se llama Mar de
la Tranquilidad (1) y en el 21 de julio de 1969 la nave Apollo 11,
primer nave tripulada en llegar a la Luna alunizó allí. La oreja
izquierda del conejo es el Mar de la Fecundidad (2) y la oreja derecha
se llama Mar del Néctar (3).
Igualmente identificables a simple vista son algunos
de sus grandes cráteres, producidos por la colisión de aerolitos tales
como: Kepler(4), situado al borde del Océano de las Tormentas (5),
Copérnico (6), Archímedes (7), situado en el “Mar de la Lluvia” (abdomen
del conejo), el Mar de la Crisis (8) y muchos más.
Fuente: http://nayita.wordpress.com/2007/08/03/un-conejo-en-la-luna-leyenda-maya/
Fuente: http://nayita.wordpress.com/2007/08/03/un-conejo-en-la-luna-leyenda-maya/
miércoles, 30 de abril de 2014
El callejon del diablo en Monclova
Por Silvia Mancha

Monclova, Coah.- Después que la Santa Inquisición se enfrascara en una cruenta lucha contra las brujas de Monclova, cansado el diablo de esperar en los márgenes del Río Monclova donde comúnmente sostenían sus entrevistas, una noche decidió salir en la búsqueda de sus seguidoras.
Cuentan que esa noche no fue como ninguna de las estrelladas de la ciudad, sino que anocheció más temprano, fue un cielo huérfano de estrellas y las únicas luces que se veían eran los quinqués encendidos que se dejaban ver por las ventanas de las casonas del Monclova antiguo.
En sus andares por la ciudad de los márgenes del río, rumbo a la Plaza Principal donde se había enterado estaban castigando a sus seguidoras, el maligno eligió uno de los muchos callejones de lo que ahora es el centro de la ciudad, el cual se resplandeció por la flama que parecía envolverlo a su paso.
En la época colonial, en Monclova únicamente eran calles las que corren de sur a norte, de acuerdo al historiador Juan Blackaller, y las demás que van de oriente a poniente eran los callejones.
Cuentan quienes lo vieron, que era un hombre bien parecido que llevaba un gato negro en sus brazos, tal como relata la historia, y se presentaba en sus entrevistas con las brujas de Monclova en los márgenes del río.
Desde entonces, la gente religiosa pugnó mucho tiempo para que le quitaran el nombre del Callejón del Diablo porque invocaba al maligno, de modo que le pusieron el Callejón del Golpe, el Callejón del Río, el Callejón del Águila, pero poco después del año 1850, las autoridades eclesiásticas decidieron intervenir y le pusieron el callejón de San Juan.
“Hay en el Archivo Municipal una declaración de bienes de un señor llamado Manuel Castillo que me parece muy simpática, porque dice que tiene su morada de tantos cuartos situada en el Callejón del Diablo, alias Callejón de San Juan”, contó el historiador Juan Blackaller.
También comenta que “fui y le pregunté a la gente de ahí, ¿Cómo se llama aquí? dijeron se llama el Callejón del Diablo, pero que Carlos Páez le puso Jesús Barrera”.
Y es que hay quienes aseguran que de cuando en cuando, la calle Jesús Barrera sin más presenta una iluminación inusual por las noches, atreviéndose algunos a señalar que es porque el Diablo va pasando en busca de sus seguidoras.
UNA VERSIÓN MÁS
Otra versión de la leyenda del Callejón del Diablo en la zona centro de Monclova, es que en una madrugada, en tiempos de la Colonia, unos hombres estaban jugando a la baraja en una casona en lo que ahora es la calle Barrera, que conduce al parque Xochipilli I, pero antes topaba con el Río Monclova.
Cuentan que a las tres de la mañana uno de los jugadores estaba ganando continuamente y dijo: “A mí ni el diablo me gana”, y en eso entró un señor y le dijo “Yo soy el Diablo, vamos a jugar”, y se levantaron todos corriendo despavoridos por la maligna aparición.
Fuente: http://www.zocalo.com.mx/seccion/articulo/Leyendas-de-Monclova-El-Callejon-del-Diablo
Monclova, Coah.- Después que la Santa Inquisición se enfrascara en una cruenta lucha contra las brujas de Monclova, cansado el diablo de esperar en los márgenes del Río Monclova donde comúnmente sostenían sus entrevistas, una noche decidió salir en la búsqueda de sus seguidoras.
Cuentan que esa noche no fue como ninguna de las estrelladas de la ciudad, sino que anocheció más temprano, fue un cielo huérfano de estrellas y las únicas luces que se veían eran los quinqués encendidos que se dejaban ver por las ventanas de las casonas del Monclova antiguo.
En sus andares por la ciudad de los márgenes del río, rumbo a la Plaza Principal donde se había enterado estaban castigando a sus seguidoras, el maligno eligió uno de los muchos callejones de lo que ahora es el centro de la ciudad, el cual se resplandeció por la flama que parecía envolverlo a su paso.
En la época colonial, en Monclova únicamente eran calles las que corren de sur a norte, de acuerdo al historiador Juan Blackaller, y las demás que van de oriente a poniente eran los callejones.
Cuentan quienes lo vieron, que era un hombre bien parecido que llevaba un gato negro en sus brazos, tal como relata la historia, y se presentaba en sus entrevistas con las brujas de Monclova en los márgenes del río.
Desde entonces, la gente religiosa pugnó mucho tiempo para que le quitaran el nombre del Callejón del Diablo porque invocaba al maligno, de modo que le pusieron el Callejón del Golpe, el Callejón del Río, el Callejón del Águila, pero poco después del año 1850, las autoridades eclesiásticas decidieron intervenir y le pusieron el callejón de San Juan.
“Hay en el Archivo Municipal una declaración de bienes de un señor llamado Manuel Castillo que me parece muy simpática, porque dice que tiene su morada de tantos cuartos situada en el Callejón del Diablo, alias Callejón de San Juan”, contó el historiador Juan Blackaller.
También comenta que “fui y le pregunté a la gente de ahí, ¿Cómo se llama aquí? dijeron se llama el Callejón del Diablo, pero que Carlos Páez le puso Jesús Barrera”.
Y es que hay quienes aseguran que de cuando en cuando, la calle Jesús Barrera sin más presenta una iluminación inusual por las noches, atreviéndose algunos a señalar que es porque el Diablo va pasando en busca de sus seguidoras.
UNA VERSIÓN MÁS
Otra versión de la leyenda del Callejón del Diablo en la zona centro de Monclova, es que en una madrugada, en tiempos de la Colonia, unos hombres estaban jugando a la baraja en una casona en lo que ahora es la calle Barrera, que conduce al parque Xochipilli I, pero antes topaba con el Río Monclova.
Cuentan que a las tres de la mañana uno de los jugadores estaba ganando continuamente y dijo: “A mí ni el diablo me gana”, y en eso entró un señor y le dijo “Yo soy el Diablo, vamos a jugar”, y se levantaron todos corriendo despavoridos por la maligna aparición.
Fuente: http://www.zocalo.com.mx/seccion/articulo/Leyendas-de-Monclova-El-Callejon-del-Diablo
viernes, 25 de abril de 2014
Historia del Paricutín Michoacan
Por: Sergio Fitch Watkins y Margarita Cervi

Foto: Eric Fortin
Volcán Parícutin, (Michoacán).
En 1943 el pueblo de San Juan quedó sepultado por la lava del Paricutín, el volcán más joven del mundo. ¿Lo conoces?
Cuando era niño llegué a oír historias acerca del nacimiento de un volcán en medio de un campo de maíz; de la erupción que destruyó el pueblo de San Juan (ahora San Juan Quemado), y de cenizas que llegaron hasta la ciudad de México. Así fue como me interesé en el Paricutín, y aunque en aquellos años no tuve oportunidad de conocerlo, nunca salió de mi mente el ir alguna vez.
Muchos años después, por cuestiones de trabajo, tuve la oportunidad de llevar a dos grupos de turistas estadunidenses que deseaban caminar por el área del volcán y, si las condiciones lo permitían, ascenderlo.
La primera vez que fui, nos fue un poco difícil llegar al pueblo desde el cual se visita el Paricutín: Angahuan. Los caminos eran de terracería y en el pueblo apenas hablaban algo de español (aún ahora sus habitantes hablan más el purépecha, su lengua natal, que ningún otro idioma; de hecho, ellos nombran al famoso volcán respetando su nombre purépecha: Parikutini).
Una vez en Angahuan contratamos los servicios de un guía local y un par de caballos, y comenzamos la caminata. Nos tomó cerca de una hora llegar al sitio donde se encontraba el pueblo de San Juan, que fuera sepultado por la erupción en 1943. Se encuentra casi al borde del campo de lava y lo único que queda visible de este lugar es la parte frontal de la iglesia con una torre que permaneció intacta, parte de la segunda torre, también del frente, pero que se derrumbó, y la parte posterior de ésta, donde se encontraba el atrio, que también se salvó.
El guía local nos contó algunas historias de la erupción, de la iglesia y de toda la gente que murió en ella. Algunos de los estadounidenses se mostraban muy impresionados por la vista del volcán, el campo de lava y el tétrico espectáculo de los restos de esta iglesia que aún quedan.
Después, el guía nos habló de un lugar donde se supone que aún corre lava; nos preguntó si nos gustaría visitarlo y de inmediato dijimos que sí. Nos condujo por pequeñas veredas entre el bosque y luego por el pedregal hasta llegar al lugar. El espectáculo era impresionante: entre algunas fisuras en las rocas salía un calor fortísimo y seco, a tal grado que no podíamos pararnos muy cerca de ellas porque sentíamos abrasarnos, y aunque la lava no se veía, no quedaba duda de que por debajo de la tierra, ésta continuaba corriendo. Seguimos deambulando por el pedregal hasta que el guía nos condujo a la base del cono volcánico, a lo que sería su lado derecho visto desde Angahuan, y en un par de horas estábamos en la cima.
La segunda vez que ascendí al Paricutín, llevaba conmigo a un grupo de estadunidenses entre los que se encontraba una señora de 70 años.
Una vez más contratamos un guía local, al cual le insistí que necesitaba encontrar una ruta más fácil para ascender al volcán debido a la edad de la señora. Manejamos unas dos horas por unos caminos de terracería cubiertos con ceniza volcánica, lo que ocasionó que nos atascáramos un par de veces porque nuestro vehículo no tenía doble tracción. Al fin, llegamos por el lado de atrás (visto desde Angahuan), muy cerca del cono volcánico. Cruzamos el campo de lava petrificada por espacio de una hora y comenzamos a subir por un camino bastante bien marcado. En poco menos de una hora llegamos al cráter. La señora de 70 años resultó más fuerte de lo que pensábamos y no tuvo ningún problema, ni en el ascenso ni para regresar hasta donde habíamos dejado el auto.
Muchos años después, al hablar con la gente de México Desconocido acerca de escribir un artículo del ascenso al Paricutín, me cercioré de que mis antiguas fotos del lugar no estaban como para ser publicadas; así pues, llamé a mi compañero de aventuras, Enrique Salazar, y le propuse la ascensión al volcán Paricutín. Él siempre había tenido deseos de subirlo, también entusiasmado por la serie de historias que había oído acerca de él, así que partimos hacia Michoacán.
Me sorprendió la serie de cambios que ha habido en el área.
Entre otras cosas, el camino de 21 km hacia Angahuan ahora está pavimentado, así que fue muy fácil llegar. Los habitantes del lugar siguen ofreciendo sus servicios como guías y aunque nos hubiera gustado poder darle a alguien el trabajo, íbamos muy cortos de recursos económicos. Ahora ya hay un bonito hotel al final del pueblo de Angahuan, con cabañas y restaurante, que cuenta con información acerca de la erupción del Paricutín (muchas fotos, etc.). En una de las paredes de este lugar existe un colorido y bonito mural que representa el nacimiento del volcán.
Comenzamos la caminata y pronto llegamos a las ruinas de la iglesia. Decidimos continuar y tratar de llegar al cráter para pasar la noche en el borde. Llevábamos solamente dos litros de agua, un poco de leche y un par de conchas de pan. Para mi sorpresa, descubrí que Enrique no traía bolsa de dormir, pero él dijo que esto no representaba gran problema.
Decidimos tomar una ruta que después llamamos la “Vía de los Tarados”, que consistió en no ir por alguna vereda, sino cruzar el pedregal, que tiene como 10 km, hasta la base del cono y luego tratar de ascenderlo en forma directa. Cruzamos el único bosque que hay entre la iglesia y el cono y comenzamos a caminar sobre un mar de piedras filosas y sueltas. A veces teníamos que subir, casi escalar, algunos grandes bloques de piedra y del mismo modo teníamos que bajarlos del otro lado. Lo hicimos con toda precaución para evitar alguna lesión, porque salir de aquí con un pie torcido o cualquier otro accidente, por pequeño que fuera, hubiera sido muy doloroso y difícil. Nos caímos algunas veces; otras los bloques que pisábamos se movían y uno de ellos cayó sobre mi pierna y me hizo algunas cortadas en la espinilla.
Llegamos a las primeras emanaciones de vapor, que eran muchas e inodoras y, hasta cierto punto, fue agradable sentir el calorcito. De lejos veíamos algunas zonas donde las piedras, que normalmente son negras, estaban cubiertas de una capa blanca. A la distancia parecían sales, pero cuando llegamos a la primera sección de éstas, nos sorprendió que lo que las cubría era una especie de capa de azufre. También salía entre las grietas un calor fortísimo y las piedras estaban muy calientes.
Por fin, después de tres horas y media de lucha con las piedras, llegamos a la base del cono. El sol ya se había puesto, así que decidimos apretar el paso. Ascendimos la primera parte del cono de forma directa, lo que resultó muy fácil porque el terreno, aunque bastante empinado, es muy firme. Llegamos al lugar donde se juntan la caldera secundaria y el cono principal y encontramos un buen camino que lleva al borde del cráter. La caldera secundaria emite vapores y gran cantidad de calor seco. Arriba de ésta se encuentra el cono principal que está lleno de pequeñas plantitas que le dan un aspecto muy bonito. Aquí el camino hace tres zigzags hasta el cráter y está bastante empinado y lleno de piedras y arena sueltas, pero no es difícil. Llegamos al cráter prácticamente de noche; disfrutamos del paisaje, tomamos un poco de agua y nos preparamos para dormir.
Enrique se puso toda la ropa que traía y yo me metí muy cómodo a la bolsa de dormir. Nos despertamos muchas voces por la noche debido a la sed —habíamos agotado nuestra reserva de agua— y también a un viento fuerte que soplaba a ratos. Nos levantamos antes del amanecer y gozamos de una hermosa salida del sol. El cráter tiene muchas emanaciones de vapor y el suelo esta caliente, tal vez por eso Enrique no pasó gran frío.
Decidimos darle la vuelta al cráter, así que nos fuimos hacia la derecha (viendo el volcán de frente desde Angahuan), y en unos 10 minutos llegamos a la cruz que marca la cumbre más alta que tiene una altura de 2 810 m snm. Si hubiéramos llevado comida la habríamos podido cocinar sobre ésta, ya que estaba sumamente caliente.
Continuamos nuestro viaje alrededor del cráter y llegamos al lado más bajo de éste. Aquí también hay una cruz más pequeña, y una placa en memoria del pueblo desaparecido de San Juan Quemado.
Media hora más tarde llegamos al lugar de nuestro campamento, recogimos nuestras cosas y emprendimos el descenso. Seguimos los zigzags hasta el cono secundario y aquí, para nuestra suerte, encontramos un camino bastante marcado hasta la base del cono. De allí este camino se interna en el pedregal y se vuelve un poco difícil de seguir. Muchas veces tuvimos que buscarlo a los lados y regresarnos un poco para relocalizarlo porque no nos emocionaba mucho la idea de volver a cruzar el pedregal como tontos. Cuatro horas más tarde, llegamos al pueblo de Angahuan. Nos subimos al coche y regresamos a la ciudad de México.
Ciertamente el Paricutín es una de las ascensiones más bellas que tenemos en México. Desgraciadamente la gente que lo visita ha tirado unas cantidades impresionantes de basura. De hecho, nunca había visto un lugar más sucio; los lugareños venden papas y refrescos en la orilla del pedregal, muy cerca de la iglesia destruida, y la gente tira bolsas de papel, botellas y demás, por toda el área. Es una pena que no conservemos nuestras zonas naturales de una manera más adecuada. Visitar el volcán Paricutín es toda una experiencia, tanto por su belleza, como por lo que ha implicado para la geología de nuestro país. El Paricutín, por su reciente nacimiento, es decir, de cero a como lo conocemos ahora, está considerado una de las maravillas naturales del mundo. ¿Cuándo dejaremos de destruir nuestros tesoros?
SI USTED VAS AL PARICUTÍN
Toma la carretera número 14 de Morelia a Uruapan (110 km). Una vez allí tome la carretera 37 rumbo a Paracho y un poco antes de llegar a Capácuaro (18 km) desvíese a su derecha hacia Angahuan (19 km).
En Angahuan encontrará todos los servicios y podrá contactar a los guías que te llevarán al volcán.
Fuente: http://www.mexicodesconocido.com.mx/parikutini.html
Foto: Eric Fortin
Volcán Parícutin, (Michoacán).
En 1943 el pueblo de San Juan quedó sepultado por la lava del Paricutín, el volcán más joven del mundo. ¿Lo conoces?
Cuando era niño llegué a oír historias acerca del nacimiento de un volcán en medio de un campo de maíz; de la erupción que destruyó el pueblo de San Juan (ahora San Juan Quemado), y de cenizas que llegaron hasta la ciudad de México. Así fue como me interesé en el Paricutín, y aunque en aquellos años no tuve oportunidad de conocerlo, nunca salió de mi mente el ir alguna vez.
Muchos años después, por cuestiones de trabajo, tuve la oportunidad de llevar a dos grupos de turistas estadunidenses que deseaban caminar por el área del volcán y, si las condiciones lo permitían, ascenderlo.
La primera vez que fui, nos fue un poco difícil llegar al pueblo desde el cual se visita el Paricutín: Angahuan. Los caminos eran de terracería y en el pueblo apenas hablaban algo de español (aún ahora sus habitantes hablan más el purépecha, su lengua natal, que ningún otro idioma; de hecho, ellos nombran al famoso volcán respetando su nombre purépecha: Parikutini).
Una vez en Angahuan contratamos los servicios de un guía local y un par de caballos, y comenzamos la caminata. Nos tomó cerca de una hora llegar al sitio donde se encontraba el pueblo de San Juan, que fuera sepultado por la erupción en 1943. Se encuentra casi al borde del campo de lava y lo único que queda visible de este lugar es la parte frontal de la iglesia con una torre que permaneció intacta, parte de la segunda torre, también del frente, pero que se derrumbó, y la parte posterior de ésta, donde se encontraba el atrio, que también se salvó.
El guía local nos contó algunas historias de la erupción, de la iglesia y de toda la gente que murió en ella. Algunos de los estadounidenses se mostraban muy impresionados por la vista del volcán, el campo de lava y el tétrico espectáculo de los restos de esta iglesia que aún quedan.
Después, el guía nos habló de un lugar donde se supone que aún corre lava; nos preguntó si nos gustaría visitarlo y de inmediato dijimos que sí. Nos condujo por pequeñas veredas entre el bosque y luego por el pedregal hasta llegar al lugar. El espectáculo era impresionante: entre algunas fisuras en las rocas salía un calor fortísimo y seco, a tal grado que no podíamos pararnos muy cerca de ellas porque sentíamos abrasarnos, y aunque la lava no se veía, no quedaba duda de que por debajo de la tierra, ésta continuaba corriendo. Seguimos deambulando por el pedregal hasta que el guía nos condujo a la base del cono volcánico, a lo que sería su lado derecho visto desde Angahuan, y en un par de horas estábamos en la cima.
La segunda vez que ascendí al Paricutín, llevaba conmigo a un grupo de estadunidenses entre los que se encontraba una señora de 70 años.
Una vez más contratamos un guía local, al cual le insistí que necesitaba encontrar una ruta más fácil para ascender al volcán debido a la edad de la señora. Manejamos unas dos horas por unos caminos de terracería cubiertos con ceniza volcánica, lo que ocasionó que nos atascáramos un par de veces porque nuestro vehículo no tenía doble tracción. Al fin, llegamos por el lado de atrás (visto desde Angahuan), muy cerca del cono volcánico. Cruzamos el campo de lava petrificada por espacio de una hora y comenzamos a subir por un camino bastante bien marcado. En poco menos de una hora llegamos al cráter. La señora de 70 años resultó más fuerte de lo que pensábamos y no tuvo ningún problema, ni en el ascenso ni para regresar hasta donde habíamos dejado el auto.
Muchos años después, al hablar con la gente de México Desconocido acerca de escribir un artículo del ascenso al Paricutín, me cercioré de que mis antiguas fotos del lugar no estaban como para ser publicadas; así pues, llamé a mi compañero de aventuras, Enrique Salazar, y le propuse la ascensión al volcán Paricutín. Él siempre había tenido deseos de subirlo, también entusiasmado por la serie de historias que había oído acerca de él, así que partimos hacia Michoacán.
Me sorprendió la serie de cambios que ha habido en el área.
Entre otras cosas, el camino de 21 km hacia Angahuan ahora está pavimentado, así que fue muy fácil llegar. Los habitantes del lugar siguen ofreciendo sus servicios como guías y aunque nos hubiera gustado poder darle a alguien el trabajo, íbamos muy cortos de recursos económicos. Ahora ya hay un bonito hotel al final del pueblo de Angahuan, con cabañas y restaurante, que cuenta con información acerca de la erupción del Paricutín (muchas fotos, etc.). En una de las paredes de este lugar existe un colorido y bonito mural que representa el nacimiento del volcán.
Comenzamos la caminata y pronto llegamos a las ruinas de la iglesia. Decidimos continuar y tratar de llegar al cráter para pasar la noche en el borde. Llevábamos solamente dos litros de agua, un poco de leche y un par de conchas de pan. Para mi sorpresa, descubrí que Enrique no traía bolsa de dormir, pero él dijo que esto no representaba gran problema.
Decidimos tomar una ruta que después llamamos la “Vía de los Tarados”, que consistió en no ir por alguna vereda, sino cruzar el pedregal, que tiene como 10 km, hasta la base del cono y luego tratar de ascenderlo en forma directa. Cruzamos el único bosque que hay entre la iglesia y el cono y comenzamos a caminar sobre un mar de piedras filosas y sueltas. A veces teníamos que subir, casi escalar, algunos grandes bloques de piedra y del mismo modo teníamos que bajarlos del otro lado. Lo hicimos con toda precaución para evitar alguna lesión, porque salir de aquí con un pie torcido o cualquier otro accidente, por pequeño que fuera, hubiera sido muy doloroso y difícil. Nos caímos algunas veces; otras los bloques que pisábamos se movían y uno de ellos cayó sobre mi pierna y me hizo algunas cortadas en la espinilla.
Llegamos a las primeras emanaciones de vapor, que eran muchas e inodoras y, hasta cierto punto, fue agradable sentir el calorcito. De lejos veíamos algunas zonas donde las piedras, que normalmente son negras, estaban cubiertas de una capa blanca. A la distancia parecían sales, pero cuando llegamos a la primera sección de éstas, nos sorprendió que lo que las cubría era una especie de capa de azufre. También salía entre las grietas un calor fortísimo y las piedras estaban muy calientes.
Por fin, después de tres horas y media de lucha con las piedras, llegamos a la base del cono. El sol ya se había puesto, así que decidimos apretar el paso. Ascendimos la primera parte del cono de forma directa, lo que resultó muy fácil porque el terreno, aunque bastante empinado, es muy firme. Llegamos al lugar donde se juntan la caldera secundaria y el cono principal y encontramos un buen camino que lleva al borde del cráter. La caldera secundaria emite vapores y gran cantidad de calor seco. Arriba de ésta se encuentra el cono principal que está lleno de pequeñas plantitas que le dan un aspecto muy bonito. Aquí el camino hace tres zigzags hasta el cráter y está bastante empinado y lleno de piedras y arena sueltas, pero no es difícil. Llegamos al cráter prácticamente de noche; disfrutamos del paisaje, tomamos un poco de agua y nos preparamos para dormir.
Enrique se puso toda la ropa que traía y yo me metí muy cómodo a la bolsa de dormir. Nos despertamos muchas voces por la noche debido a la sed —habíamos agotado nuestra reserva de agua— y también a un viento fuerte que soplaba a ratos. Nos levantamos antes del amanecer y gozamos de una hermosa salida del sol. El cráter tiene muchas emanaciones de vapor y el suelo esta caliente, tal vez por eso Enrique no pasó gran frío.
Decidimos darle la vuelta al cráter, así que nos fuimos hacia la derecha (viendo el volcán de frente desde Angahuan), y en unos 10 minutos llegamos a la cruz que marca la cumbre más alta que tiene una altura de 2 810 m snm. Si hubiéramos llevado comida la habríamos podido cocinar sobre ésta, ya que estaba sumamente caliente.
Continuamos nuestro viaje alrededor del cráter y llegamos al lado más bajo de éste. Aquí también hay una cruz más pequeña, y una placa en memoria del pueblo desaparecido de San Juan Quemado.
Media hora más tarde llegamos al lugar de nuestro campamento, recogimos nuestras cosas y emprendimos el descenso. Seguimos los zigzags hasta el cono secundario y aquí, para nuestra suerte, encontramos un camino bastante marcado hasta la base del cono. De allí este camino se interna en el pedregal y se vuelve un poco difícil de seguir. Muchas veces tuvimos que buscarlo a los lados y regresarnos un poco para relocalizarlo porque no nos emocionaba mucho la idea de volver a cruzar el pedregal como tontos. Cuatro horas más tarde, llegamos al pueblo de Angahuan. Nos subimos al coche y regresamos a la ciudad de México.
Ciertamente el Paricutín es una de las ascensiones más bellas que tenemos en México. Desgraciadamente la gente que lo visita ha tirado unas cantidades impresionantes de basura. De hecho, nunca había visto un lugar más sucio; los lugareños venden papas y refrescos en la orilla del pedregal, muy cerca de la iglesia destruida, y la gente tira bolsas de papel, botellas y demás, por toda el área. Es una pena que no conservemos nuestras zonas naturales de una manera más adecuada. Visitar el volcán Paricutín es toda una experiencia, tanto por su belleza, como por lo que ha implicado para la geología de nuestro país. El Paricutín, por su reciente nacimiento, es decir, de cero a como lo conocemos ahora, está considerado una de las maravillas naturales del mundo. ¿Cuándo dejaremos de destruir nuestros tesoros?
SI USTED VAS AL PARICUTÍN
Toma la carretera número 14 de Morelia a Uruapan (110 km). Una vez allí tome la carretera 37 rumbo a Paracho y un poco antes de llegar a Capácuaro (18 km) desvíese a su derecha hacia Angahuan (19 km).
En Angahuan encontrará todos los servicios y podrá contactar a los guías que te llevarán al volcán.
Fuente: http://www.mexicodesconocido.com.mx/parikutini.html
domingo, 20 de abril de 2014
Historia de La Quebrada Acapulco
Este es un relato de como dio Inicio el
hasta ahora popular show de los clavados en la Quebrada Acapulco Un
show que se ah visto desde los principios de los años 50 y 60 Cuando el
Puerto de Acapulco empezaba a formar leyenda de majestuoso y
exclusivo, esperamos disfruten este relato.
Subía el peñasco con la dificultad
vencida por la práctica de todos los días, frente a la muchachada del
barrio: Poncho y Chava Apac, (los "Toronjos"), el "Chupetas", Poli, el
"Viruta", la "Changa", el "Chocolate" y otros más. El que escalaba el
peñasco había terminado de pescar para llevar algo de alimento a su
madre, la "Jefa" como la conocían los muchachos del barrio, doña Adelina
Ríos, una mujer oriunda del puerto, a la que tres experiencias
matrimoniales sólo le dejaron seis chamacos y dos niñas que tenía que
encausar en el duro camino de la vida.
Mientras la ensarta de pescado producto
de la pesca del día era mantenida atada a las rocas bajas del
acantilado, apenas sumergida en las aguas marinas donde rompían
impetuosas las olas del mar, para mantener fresco el pescado capturado.
El muchacho nativo de aquel hermoso puerto, de escasos quince años,
empujado por el acicate de las burlas de los hermanos y amigos,
enfrentaba el reto de ver cuánto más podía escalar aquel promontorio de
treinta y cinco metros de altura. Cada vez que se reunían en ese lugar
había que vencer el límite de ascenso del intento anterior.
Apoyando con mucha dificultad los pies
en las filosas salientes rocosas, utilizando las manos y hasta las uñas
para escalar, Roberto Apac seguía subiendo, mientras más se acercaba a
la cima, más determinación encontraba en su ánimo, ¡Esta vez lo
lograría!, no le importaba poner en riesgo su vida, ya no escuchaba el
bramido del mar al romper en la hendidura del acantilado, no lo
alcanzaban tampoco las gritos de júbilo de sus camaradas y hermanos, que
al ver que estaba a punto de lograr su objetivo, ahora le enviaban
gritos de ánimo para que siguiera escalando.
En esos momentos sólo sentía el gozo
ingenuo de ser mejor escalador que su hermano Alfonso y demás nativos
que lo miraban con admiración, otros con envidia. Su hermano con quien
había empezado a subir en esa ocasión, se detuvo en una saliente a la
mitad de la construcción rocosa y lo miraba con orgullo fraterno como
iba subiendo y estaba a punto de vencer al conjunto de rocas que la
madre naturaleza esculpió en aquel recodo de la costa. El viento fresco
de la bocana meció el pelo del muchacho cuando éste alcanzó la cima del
montículo de piedra, fue como un beso amoroso al hijo de aquella
tierra por el esfuerzo realizado.
Cuando Roberto se vio en la cúspide del
montículo y calibró la altura en que se encontraba sintió vértigo y se
estremeció por el miedo que sentía a destiempo al comprender el peligro
en que había estado. Un resbalón, una piedra que se desprendiera bajo
su peso, un error de cálculo al impulsarse con las manos o cualquier
otro incidente pudieron provocarle la caída y con ella la muerte.
Entonces se postró de rodillas y agradeció a Dios y a la Virgen
Guadalupe que lo hubieran protegido. Mientras desde abajo le llegaban
los gritos de sus hermanos y amigos para que apurara el descenso porque
se les hacía tarde para regresar a sus casas. –¡Vamos Robert, empieza a
bajar, tenemos que irnos! -¡Apúrate hermano, si llegamos tarde nos
cuerean! -¡Bájate rápidoooo! –Andalee!
Roberto intentó iniciar el descenso,
caminó al borde del precipicio, buscó con la mirada un lugar adecuado
para empezar a bajar. Como era la primera vez que subía, ahora tendría
que buscar un camino para descender. El tiempo y los gritos exigentes de
los que estaban abajo lo apremiaban, lo llenaban de nerviosismo y
sintió mucha congoja de pensar en los cintarazos que le daría su madre
doña Adelina. Observó con respeto la superficie escarpada en busca de
una salida de escape para aquella abrumadora situación. Miró casi con
horror lo reducido que se veía desde arriba el canal que quedaba entre
el peñasco y tierra firme, vio desde la altura en que se encontraba como
al entrar la ola impetuosa en el estrecho, las aguas subían un buen
tramo y luego con el reflujo aminoraba la profundidad del lugar. Volvió a
esperar a que entrara la ola y confirmó su anterior apreciación.
¡Entonces lo decidió! Se lanzaría desde aquella imponente altura, justo
cuando el agua del mar empezara a invadir el canal, tendría que
calcularlo muy bien, debería arrojarse al vació midiendo el tiempo
necesario para caer precisamente cuando el volumen de agua alcanzara su
mayor altura –menos de 4 metros de profundidad-. También consideró la
fuerza del impulso que tomaría en vuelo horizontal para poder librar las
salientes rocosas y luego perfilar su caída hacía el mar.
Roberto Apac después de santiguarse en
varias ocasiones y pedirle perdón con el pensamiento a su madre por lo
que iba a hacer, esperó el momento propicio para lanzarse al vació.
Abajo, sus acompañantes, al verlo parado al borde del acantilado
adivinaron sus intenciones. Los gritos ahora eran de espanto, de alarma,
de desesperación. Su hermano Salvador que desde muy chamaco tuvo un
vozarrón le gritaba: -¡Si te avientas te vas a matar, no seas pendejo!
¡Si te matas, te chingo! Le gritaba como enloquecido. -¡No te tires
cabrón! ¡No lo hagas!, ¡Por favor no lo hagas! Le decían a gritos los
otros.
Sin importar se lanzó y una figura
humana se recortó en el aire frente a la inmensidad del mar del Pacífico
mexicano, primero como el grácil vuelo de una gaviota marina y luego
como una saeta que cae en picada para reunirse casi amorosamente con las
aguas del mar tropical. Así un 13 de febrero de 1932, en un cálido
atardecer se vio por primera vez un clavado desde la cima de aquel
montículo. Fue Roberto Apac, un nativo de Acapulco quien se lanzaba al
vacío desafiando a la muerte en un hermoso clavado desde la Quebrada en
Acapulco, México, un lugar de fama internacional en donde desde
entonces se práctica este peligroso y afamado deporte. Woow Soberbio el
relato que le rindió su hijo a su padre o no? Continuando con mi
escrito he de decir que a pesar que fue Roberto Apac el primer
clavadista no fue él precisamente quien le diera fama a este
espectáculo mundial sino fue un amigo de él y su hermano conocido como
el "Chupetas" quien murió a los 76 años, este clavadista tuvo un récord
guiness con 37 mil 400 clavados en toda su historia doblando en
películas a personajes de talla internacional como el actor Johnny
Weismuller mejor conocido como Tarzán el Rey de la Selva el que todos
conocemos y a quien conoció en Acapulco y suplía en los clavados que
llegó a realizar en sus películas, también el Chupetas conoció a otro
grandes personajes del mundo como Frank Sinatra y Elvis Presley. Su
fama al paso de los años se hizo internacional que incluso la marca de
relojes Times le pidió hacer publicidad para ellos así como La Casa de
Whisky Johnny Walker. Mientras varios personajes de fama mundial
deseaban vivir en Acapulco el famoso Tarzán prefirió morir en su amado
Acapulco lugar del que se enamoro y tuvo su residencia por algunos
años, por eso sus restos descansan hoy en el Panteón Valle de la Luz
del Puerto.
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